1 año de #movimientoWabiSabi

¡Un año ya!

El año pasado antes de terminar enero se cruzó en mi vida el término WabiSabi (gracias a @edermac que me lo descubrió). Encontré fascinante el concepto de belleza efímera, imperfecta e incompleta al que se refiere (cuento más aquí) , la simpleza rústica y la placidez del tiempo, la elegancia subestimada -esa que pasa desapercibida si no la miras bien-.

  • Desde entonces muchos se han juntado a mí compartiendo fotos con esta forma de mirar en Instagram bajo el hashtag #movimientoWabiSabi, y entre todos formamos una galería de ¡casi 1000 fotos ya!

Cada semana comparto las que más me han gustado, y a veces, esas imágenes me cuentan historias… lo hacen desde el principio (la primera selección iba con sus relatos) pero el tiempo no se alarga como me gustaría y no las puedo escribir. Pero estamos de aniversario y la ocasión lo merece, así que esta semana todas las imágenes seleccionadas tienen su historia, la que me han susurrado al oído cuando las contemplaba.

Gracias especialmente a las dueñas de estas fotos y como siempre… #graciasporsumar

 

Lucía @lucinst

La nieve brilla bajo el sol de invierno. Allá donde no da el sol se cristaliza el hielo, después del frío de la noche. Cruje bajo mis botas al acercarme a la cerca de madera. Más allá un mundo blanco aparece, las huellas de un animal ligero que apenas marca la nieve. Aquí y allá unas briznas de hierba que no han quedado cubiertas. La nieve brilla y el verde de los árboles también. Cierro los ojos y escucho el silencio lleno de vida del bosque.

 

Isa @isapsicofresica

Observo a una anciana mirando por la ventana, tiene una media sonrisa y la mirada lejos, posiblemente en otra época, y la veo tan hermosa… ¿Y me preguntas si puede haber belleza en la decrepitud? Sí, claro que sí, veo la belleza en las arrugas, en los muchos años cumplidos, en la placidez de estar cerca del final, con todo vivido ya. Igual que esas florecillas ajadas y cubiertas de escarcha que cubren los campos en invierno, a un paso de su final, y sin embargo insultantemente hermosas.

 

Arantxa @edermac

Aún no amanece. La bruma de la noche cubre las calles. A estas horas el mundo aún no despierta. Pasea por las calles solitarias. Le gusta ver amanecer en el parque. Es un paisaje gris, frío y melancólico. Y no sabe bien por qué, le da calor por dentro.

 

Esther @llumillum

¿Cuántas gotas hacen falta? Se deslizan despacio por el tejado, tan despacio que al desprenderse el frío las congela. Una tras otra, a ritmo lento pero sin pausa, van abrazando las gotas anteriores hechas hielo ya, y se quedan ahí, con ellas. Formando carámbanos que después, horas después, volverán a descongelarse cuando les acaricie el sol. Y las gotas seguirán su camino. Así representan su baile cada noche y cada día, durante los días más fríos del invierno.

 

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Y esta semana, de manera especial por lo que me han evocado, dos imágenes más:

Véronique @veroflobo

El año del recuerdo

Viví en una ciudad donde no tenía coche. Siempre iba en bicicleta. La compré en una tienda perdida en una calle estrecha al poco de llegar. Llegué allí cuando iba buscando otro sitio. No lo encontré -el sitio- pero sí conseguí mi bici. Era roja, vieja y pasada de moda. Pero me tocó el corazón. Quizá ese asiento remachado. O la cesta en el manillar, muy parecida a la que tenía la bici de mi infancia. Durante los meses que viví en esa ciudad fue mi compañera. Por la noche la metía en el portal (la casera era muy flexible con las normas). Durante el día la candaba a unos pasos de donde yo fuera. Con nieve, con lluvia, niebla o bajo el sol, siempre disfruté el aire en el rostro, ver la gente borrosa a mi lado al pasar, los ruidos de la calle, y mi voz dentro de mi cabeza hilando pensamientos.

A veces simplemente la cogía para pasear, sin destino ni misión, sin objetivo. Sólo sentir el viento y dejar volar las palabras que tronaban en mi cabeza.

Algunas noches mi bicicleta dormía en su valla. A los pies de la escalera de su casa. Donde yo dormía acurrucada a su espalda. Noches y desayunos compartidos.

Siempre que veo una bici roja me acuerdo del viento en la cara, los paseos, la valla, la escalera y su espalda.

Y mi mente vuela a la ciudad donde viví y a la que no he podido volver…

 

Orlanda @orlandaba

Mira hija, ésta es la puerta de la tienda que tenían mis abuelos cuando yo era niña. Mi madre les ayudaba en verano cuando veníamos de vacaciones, y yo me sentaba en los escalones a jugar con una muñeca de trapo que me regaló una vecina. Sí, la que está en el baúl. Ya sé que nunca te dejo tocarla pero es tan vieja ya… no me gustaría que se estropease. Ya tiene agujeros remendados en el cuerpo y casi se le sale el relleno.

Una vez, mi abuela me contó la historia de los azulejos. Los había visto en su viaje de novios, en Lisboa. Los azulejos azules cubrían todas las fachadas, estaban por todas partes, y ella vino enamorada de ellos. Se trajo una postal con esos azulejos y la tenía puesta en el espejo de su tocador.

Un día mi abuelo conoció a un ceramista. Le encargó dos hileras de azulejos azules para las escaleras de la entrada. Los diseñó él mismo. Pero no le dijo nada a mi abuela. Unos días que ella estuvo fuera, los puso y esperó su vuelta.

Mi abuela siempre contaba que lloró al verlos, y que le parecieron más bonitos que la fachada más especial de Lisboa. Que cada mañana al abrir la tienda y subir los escalones lo primero que hacía era besar a su marido porque sus azulejos eran su mayor tesoro y fue su regalo especial. Contaba que con el paso de los años, cuando la rutina o las nubes grises hacían que perdiera la ilusión, se sentaba en los escalones a pasear los dedos por los azulejos, y lograba encontrar el ánimo para seguir adelante.

 

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