Destartalada como el alma mía…

La ventanaEs una tarde cenicienta y mustia,

Destartalada como el alma mía …

                               Antonio Machado

 

Cada día a esa hora, mira por la ventana. Le gustan estos días, a juego con su interior. Fuera llueve. El cielo gris. Las nubes cargadas. Como por dentro.

Las doce. El restaurante se ve desde su ventana. A esa hora ella sale. Es como si saliera el sol. Un minuto de sol en 24 horas nubladas.

Siempre a las doce en punto, ella sale a poner el cartel en la puerta. “SE DAN COMIDAS”. No la ve más en todo el día. Ella reina en la cocina. No atiende mesas. No cobra.

Pero a las doce de cada día sale. Le gusta ver la luz. Cuando hace sol levanta la cara y cierra los ojos, para que el calor dorado le acaricie la piel.  Si está nublado la levanta, le gusta sentir el aire en la cara.

Él la mira desde su ventana. Haga sol o no, el día se ilumina durante ese minuto.

Observa cómo se mueve, despacio, sin prisas. Cuidadosa al salir con el cartel en la mano. Lo deja con precisión, siempre apoyado en el mismo trozo de pared, siempre coincidiendo la esquina superior derecha en línea recta con el número 42.

Entonces se para unos segundos. De espaldas a la ventana, él la ve alzar la cara. Imagina que cierra los ojos para que le dé la luz en la cara. Ojalá algún día se volviera y pudiera verla.

Son apenas unos segundos, de nuevo se pone en marcha, y ahora rápida vuelve adentro.  Y para él se cierran las nubes de nuevo. Se nubla el día.

Cada día a las doce en punto. Su rutina diaria. Después vuelve a sus libros y a su vida cenicienta y mustia, destartalada.

 

Fuera llueve

Será que llueve

Debe ser que llueve