En el claustro

You are so beautiful

Se conocen desde hace un tiempo. Tienen grupos comunes y hace meses que coinciden. Se llevan bien. Sin saber muy bien cómo, terminan entablando conversaciones entre ellos, al margen de los demás.

Es la primera vez que quedan solos, un poco por casualidad. Saben que hay algo especial entre ellos, algo a lo que no han puesto nombre y de lo que han hablado con indirectas. Ella está nerviosa. Sabe que él también.

Es invierno y hace frío, y han elegido un sitio aún más frío para ir, a las afueras, a quién se le ocurre. Ella va abrigada, pero su coquetería ha podido más y debajo del abrigo está guapa, radiante, atractiva. Quiere gustarle especialmente hoy. Lleva una camisa que deja ver la línea de su cuello.  

Él la recoge en la ciudad, se dan dos besos como siempre (la mano de él en su cintura se detiene un segundo de más), charlan animadamente, quizá más de lo que suelen, para disimular los nervios. Van hablando en el coche, contándose de sus familias y recuerdos infantiles. La conversación ha cambiado, se ha hecho más íntima y lo notan. En algún momento él le roza el brazo al cambiar de marcha y ella no aparta la mano. La siguiente vez no es accidental sino voluntario, y ella, voluntaria, acerca su mano un poco más.

Siguen hablando, como si sus manos estuvieran empezando una función al margen de sus dueños. Nada en su charla delata la conversación paralela de sus manos, que poco a poco se empiezan a conocer, a recorrer, a aprenderse la textura y el calor de la piel que tocan. Los dedos se entrelazan y pasean, se acarician las palmas, danzan una alrededor de otra. Cuando él tiene que cambiar de marcha, ella apoya la mano sobre la suya, sin peso para no molestarle, sin distancia para no romper el contacto. Los kilómetros suman y las charlas también. Llevan música de fondo y se quedan callados. Es entonces cuando ella mira sus manos entrelazadas, quietas desde hace un rato, y sonríe. Él encuentra su mirada pero no dice nada. Sonríe también.

Cuando llegan a su destino aparcan. En un día tan frío no hay nadie, el lugar está solo para ellos. “Qué frío hará fuera”, “Vaya día hace hoy”. El coche sigue en marcha para mantener el calor, pero ya parados, con sus manos unidas.

No saben si salir o no del coche, bromean y ríen, sin soltarse las manos, pero sin hablar de lo que pasa, de lo que sienten los dos con ese contacto. Sus miradas son más intensas, se detienen más, se miran los labios, sin disimulo y a la vez con vergüenza. Hasta que al fin, él rompe el hielo: “seguro que hay un momento perfecto para besarte, pero si nos besamos ahora nos quitamos los nervios”. Así rompe la tensión y les arranca risas. Risas que invitan, que dan permiso. Él le acaricia la cara (primera vez), a ella se le eriza la piel y se le agrandan los ojos, se acercan y sus labios se tocan. Leve. Breve.

 En ese momento, en la radio la voz rasgada de Joe Cocker canta You are so beautiful…  “No estaba preparado, te lo aseguro”, dice él riendo. Los dos ríen y vuelven a juntar sus labios. Son besos suaves; como sus manos un rato antes, se conocen, se recorren, se aprenden. Sus labios se van volviendo tiernos al contacto entre ellos. Un mar de pequeños besos  que saben a primeras veces, saben a inocencia y mundo nuevo. Es como si no hubieran besado nunca y están aprendiendo juntos ese arte. Tienen sabor a ilusión y futuro, a ternura. La canción ha terminado y suena otra -no recuerda cuál-. En algún momento (minutos? una hora? cuánto tiempo duran los besos? Ya está atardeciendo fuera, hace aún más frío) deciden salir a pasear por el monasterio, desierto y bucólico. Ella bien recogida en su abrigo. Él le presta su bufanda para que no coja frío, se la pone alrededor del cuello y aprovecha para recorrer con los dedos el camino de su cuello a su clavícula. Van de la mano, se abrazan en cada esquina del claustro, se regalan más besos a cada paso.

Su historia ha comenzado.

Tiempo después él incluirá esa canción en una recopilación que ella lleva en el coche. Una canción que cada vez que suena a ella le hace sonreír y le da una oleada de amor y ternura, de calidez. Años después él sigue manteniendo que fue casual y la canción no estaba preparada. Ella ríe y le gusta pensar que sí.

Esa canción y esa imagen les recuerdan sus primeros besos, la magia, el calor y el inicio del amor grande que viven. Su historia sigue y crece.

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