EN UN CAFÉ DE PARÍS

Falling Slowly (pon la música y disfruta…)

Está sentada frente a la calle. La brisa es fresca, quizá demasiado, se protege un poco más dentro de su chaqueta, se sube el pañuelo del cuello y sigue mirando el libro. No, no lo lee. Lo mira distraída para matar el tiempo, pero no es capaz de concentrarse en ninguna hoja. Es un libro que le gusta, que le ha acompañado en muchos viajes, pero aún así no tiene suficiente poder para distraer su atención del reloj. Ese reloj en su muñeca que mira intermitentemente cada poco, esperando que pase más rápido que el ritmo normal del tiempo. Qué curioso, el tiempo: vuela cuando lo quiere parar, y se detiene cuando quiere que pase.  

Un lugar y dos momentos distintos. Y lo que parecen mil años entre medias. Ayer, hace esos mil años (¿cuántos son? No le hace falta hacer la cuenta, lo sabe con exactitud: seis meses, dieciocho días y hasta podría contar las horas), en este mismo café, mirando a esta misma calle, se despidieron con un abrazo. Y hoy… apenas faltan diez minutos para que llegue el momento de volverse a ver. Decidió venir antes porque no era capaz de esperar en casa, porque le quemaban las entrañas paseando. Decidió venir antes porque quería tener esa visión fugaz, cuando se cruzaran sus miradas por primera vez… después de mil años. En estos meses se han soñado, se han escrito sin parar, pero sin su mirada y su piel, sin su voz, sin su calor… seis meses eternos como mil años. 

Mira a la calle, al libro y al reloj. Tamborilea con los dedos en la taza. Se mira las uñas, pintadas de rojo. Un momento de duda, un temor. Lo espanta de su cabeza como si fuera una mosca. Vuelve a mirar a la calle.

Está nerviosa, más de lo que esperaba, tiene el pulso acelerado y el aire no le llena los pulmones. Mira el reloj.                 Cinco minutos aún.         Cierra los ojos y respira despacio varias veces, profundamente, para tranquilizarse. Sabe que tiene las mejillas sonrojadas de la emoción, a pesar del viento fresco. Se toca con los dedos fríos para intentar refrescarlas.

Da un sorbo a la taza -el chocolate aún está caliente-, la deja sobre el platillo, la coloca, la gira un poco y la vuelve a coger entre las manos. La suelta de nuevo. El libro está olvidado sobre la mesa, duda si cogerlo, lo mira, lo coloca y alza los ojos.         Todo se detiene, desaparece, silencio alrededor.          

Él está en la acera de enfrente, parado, observándola. No lo ha visto venir. Ha sido él el que ha ganado el regalo de verla sin ser visto. Está nervioso pero sonríe un poco. Nota cómo a ella se le ruborizan las mejillas, se le ilumina la mirada y de repente vuelve el movimiento y el ruido a la calle.

Un camión se detiene con un frenazo más allá de su vista, perros que ladran, más lejos un niño llama riéndose a su madre. El camarero charla dos mesas más allá con una pareja de ancianos. Del café sale una canción “Take this sinking boat and point it home, we’ve still got time… Raise your hopeful voice, you have a choice, you’ll make it now”.

Él se acerca y suavemente posa su mano sobre sus mejillas encendidas. Su piel está fría y le alivia. Ella cierra los ojos y apoya levemente la cara sobre la mano que la acaricia.

Ya ha llegado a casa.