La obra

Imagino las incontables horas del artista inclinado sobre esas manos, tallando, retocando, mimando, puliendo y volviendo a retocar. El pliegue del nudillo. El borde de una uña. El recoveco entre los dedos.
Imagino al artista triste… muy triste. Para crear su obra se pone en la piel del joven inclinado sobre la tumba de su maestro, y siente su dolor. La desolación, el abandono, el vacío que queda. El artista se recuesta lánguido y la ola de dolor le deja agotado, abatido. Ya no quedan lágrimas. Cierra los ojos y dormita, en un lugar entre el sueño y la vigilia. El joven vela al maestro. El artista vela el dolor del joven.
Una y otra vez se inclina sobre el mármol para dotarlo de todo el sentimiento, retocando, puliendo, suavizando.

Casi un siglo lleva el joven transitando el dolor. Enterró a su maestro. Enterró a su artista.

Aún puedo sentir la delicadeza de su creador al tocar los dedos de mármol. Como yo, muchos antes lo han hecho. Los dedos están un poco gastados, han perdido la blancura al contacto con muchas manos como las mías a lo largo de la historia.
De alguna manera, el joven no está solo.