Movimiento WabiSabi – Elegancia Subestimada –

#movimientoWabiSabiHace una semana inicié un movimiento… el #movimientoWabiSabi. Pero… ¿de dónde sale esto?
En Instagram, @edermac me habló de un término japonés para referirse a lo “bonito no bonito”: el WABI-SABI. Y me llamó muchísimo la atención, porque la belleza entendida como perfección suele parecerme inalcanzable… lejana… incluso imposible. Ahora ya sé que yo soy más de WabiSabi. Así que me puse a investigar.
Según he encontrado por ahí, es…

“Una corriente japonesa estética y de comprensión del mundo basada en la fugacidad e impermanencia, cultiva todo lo que es auténtico reconociendo tres sencillas realidades:

nada dura,

nada está completado y

nada es perfecto.

WABI se refiere a simpleza rústica, frescura o quietud, aplicable tanto a objetos naturales como hechos por el hombre, o elegancia subestimada. Se puede referir a peculiaridades o anomalías que surgen durante el proceso de construcción y dotan de elegancia y unicidad al objeto.

SABI es la belleza o serenidad que aparece con la edad, cuando la vida del objeto y su impermanencia se evidencian en su pátina y desgaste, o en cualquier arreglo visible.

Si un objeto o expresión puede provocar en nosotros una sensación de serena melancolía y anhelo espiritual, entonces dicho objeto puede considerarse WabiSabi.”

¡Creo que me encanta el WabiSabi desde antes de conocer su existencia!
Me hace pensar en naturaleza,
manos, tiempo,
dedicación, mimo, cariño,
niebla, vaho en las ventanas,
un rayo de sol en la cara aún dormida,
un libro antiguo,
un abrazo, el tacto de una manta,
olvido, reencuentro, un momento de soledad,
gotas de lluvia, una lágrima, el calor del fuego,
cerrar los ojos frente al viento …

Y así lancé un reto: buscar esa belleza efímera, fugaz e imperfecta, esa pátina que está a nuestro alrededor y a veces pasa desapercibida.

En una semana ya hay una buena colección de fotos con el hashtag #movimientoWabiSabi para llenar IG de #eleganciasubestimada.
Una semana en la que, para mi sorpresa, ¡hay un montón de fotos! Sorpresa no por las fotos en sí, que con los talentones que hay no tenía ninguna duda, sino porque se esté expandiendo y llegando a más sitios… Estoy muy feliz, ilusionada y con ganas de que siga inundando.

Según he visto en estos días, la interpretación de lo que es WabiSabi es muy personal… cada uno lo apreciamos en diferentes cosas: hay naturalezas, momentos fugaces de calma, escenas donde se aprecia el paso del tiempo, a veces benévolo y otras veces no tanto, … un poco de todo, pero creo que en común tienen esa sensación de serena melancolía y anhelo espiritual.

Puedes ver todas las que se han publicado en el hashtag #movimientoWabiSabi. Pero he querido compartir de manera especial unas cuantas fotos. Algunas de ellas han puesto mi imaginación a volar. Me han arrancado historias, relatos y cuentos que quiero compartir.

Muchas, muchisísimas gracias a todos los que estáis participando (por favor, ¡¡SEGUID!!). Y gracias especiales a @carosanmun @edermac @elenabenmir y @petronialocuta por inspirarme para volver a rescatar mi #tudisparasyoescribo (las historias que sugieren las fotos): aquí os regalo las pequeñas historias que vuestras fotos me han despertado. ¡Espero que os gusten!

Y es que… voy a contar un secreto… me encanta la fotografía, pero mi pasión es escribir. ¡GRACIAS por darle alas a mis letras!

 

 

?the door ?#puerta #door #wood #madera #oxido #pueblo #village #tempusfugit #piedras #stones #movimientoWabiSabi

Una foto publicada por Carol Sancho (@carosanmun) el

Lleva años asomándose entre las rendijas de la desvencijada puerta. No tiene muy claro lo que hay detrás, pero la curiosidad crece cada año, cada verano que viene a visitar a sus tíos del pueblo y se reencuentra con esta puerta en el huerto. Cuando era niña la fascinación era total, pero detrás apenas se veía una maraña de tallos y ramas secas, y ella era demasiado pequeña para aventurarse…

Hace años que no ha vuelto aquí, siempre hay planes más interesantes en la ciudad, pero este otoño aquí se encuentra, ya no es aquella niña que fue, y tras la puerta no hay ya ramas secas… se ve un suelo de baldosas… no puede ser que tras esa puerta haya una calle… está a punto de abrirla (no tiene la llave, pero bien podría forzarla, o buscarla en el llavero del tío), y sin embargo… duda… pero finalmente decide: prefiere quedarse con las historias que imaginó de niña acerca del mundo mágico que se abriría tras esa puerta, antes que encontrarse con la realidad de una calle embaldosada de pueblo.


 

Buenos días @yo_enelmundo, aquí mi primera aportación para el reto

Una foto publicada por Elena Beneyto (@elenabenmir) el

El caos de la ciudad siempre me fascina. Parece que no tiene orden ni concierto (una azotea roja aquí, una verde allá, entre medias una embaldosada), y sin embargo hay algo hermoso en ello. Es hermoso porque late, tiene vida. Bajo cada tejado hay una familia, una historia, un comercio, muchas vidas. Experiencias, risas, noches sin dormir, llantos y vida. Simple y llanamente vida. Con toda su intensidad, con toda su dulzura y su dureza. Desde aquí arriba puedo ver los tejados de los comercios de esta zona de la ciudad. Aquella naranja, entre la verde y la blanca, esa la conozco bien. Es una mujer viuda que mantiene el negocio que montó su marido con tanto esfuerzo. Hace años que falta, pero ella sigue ahí, trabajando cada día por un sueño compartido, que ahora ella sostiene sola. Es una pequeña tienda de pesca. Ésa en la que la mayoría de los clientes son los de siempre, los vecinos que llevan veinte años comprando allí los artilugios para ir al espigón al atarceder, después de sus obligaciones diarias, después de largos días de trabajo. Cada uno de esos clientes tiene una sonrisa para la viuda. Muchas veces pescaron con su marido. Ahora hay grandes tiendas donde pueden encontrar ofertas y comprar lo mismo a mejor precio. Pero esta tienda tiene vida, tiene latido, tienen historias compartidas y siguen viniendo aquí. Saben que siempre les atenderá con una sonrisa. Y saben que la sonrisa que den de vuelta llenará un vacío, recordará una vida más fácil. Sí: en el caos de la ciudad hay historias llenas de vida.


Sólo una piedra. Una piedra sola. Asoma sobre la superficie calma del agua. Sosiego. Más abajo, el efecto del movimiento sobre la arena. Miro esa piedra oscura y me siento ella. Allí en medio. Sola. En paz. Rodeada de quietud. Esperando la ola que la lleve mar adentro. A su casa.


Mi abuela tejía. Hacía ganchillo. Encaje de bolillos. Punto de cruz. Era una artista con las manos. Desde siempre le robó tiempo al día -y a la noche- para coger la labor. Por placer. Como acto de rebeldía y escape de su día a día, colmado de obligaciones. Los niños, la casa, el marido. Entre agujas, hilos y bolillos se sentía libre. Desde niña la recuerdo sentada a la mesa de la cocina, interminablemente afanada en sus obras. Cuando no pudo moverse bien, se refugió en sus hilos. Cuando le falló la vista, nos pidió una lupa (con luz, le parecía increíble tenerlo todo junto). Una de sus últimas obras fueron unos puños de encaje. Decía que para mi vestido de novia. No llegó a verme de blanco, pero en honor a ella -por amor a ella- los llevo en mi camisa blanca, la que me pongo cuando me siento especial, cuando quiero ser viento, con la que me siento viento. Con sus encajes. Porque ella también era libre como el viento cuando tejía.