Recuerdos del pueblo

Cada año vuelve. Ese pueblo y sus calles le llenan de recuerdos. Su abuela siempre le mandaba por naranjas. De niño le daba vergüenza entrar, y casi desde la puerta, hablando más bien para su cuello, pedía 4 naranjas, las del día (manías de vieja, pensaba, por qué no comprará un montón y así no me manda a diario). El tendero se las ponía en un papel y le daba las vueltas. Su abuela siempre le dejaba que se las quedase.
De chaval le gustaba la hija del tendero. Ella le miraba con tanta vergüenza como él desde debajo de unas espesas pestañas negras. Semanas más tarde la besaría apoyados en esa puerta, cuando la acompañó a casa a las 11 de la noche, la primera vez que quedaron con los amigos comunes. Su padre les pilló y no puso buena cara… pero prefirió que el nieto de la Antonia la trajera a casa a que volviera sola. Así todas las vacaciones. Montones de besos y caricias en la puerta verde, algunos interrumpidos por la voz del tendero que desde la planta de arriba llamaba a su hija.
Cuando comenzó el curso volvió a la ciudad y se escribieron un tiempo. Poco a poco las cartas fueron espaciándose hasta que dejaron de escribirse. Las siguientes vacaciones se trataron como amigos, como si nada hubiera pasado. Ella tenía un noviete. Él salió con otras chicas.
Muchos años después se encuentran en verano por el pueblo y se saludan, se presentan a sus parejas y los niños, incluso una vez los críos corrieron juntos por la plaza mientras él le contaba cómo estaba la abuela, ya muy mayor, viviendo con sus padres en Madrid.
La vida pasa, pero cada vez que ve esa puerta, se acuerda de las naranjas, las vueltas que le daba la abuela, los besos al amparo de la oscuridad y esas pestañas negras y espesas.

La obra

Imagino las incontables horas del artista inclinado sobre esas manos, tallando, retocando, mimando, puliendo y volviendo a retocar. El pliegue del nudillo. El borde de una uña. El recoveco entre los dedos.
Imagino al artista triste… muy triste. Para crear su obra se pone en la piel del joven inclinado sobre la tumba de su maestro, y siente su dolor. La desolación, el abandono, el vacío que queda. El artista se recuesta lánguido y la ola de dolor le deja agotado, abatido. Ya no quedan lágrimas. Cierra los ojos y dormita, en un lugar entre el sueño y la vigilia. El joven vela al maestro. El artista vela el dolor del joven.
Una y otra vez se inclina sobre el mármol para dotarlo de todo el sentimiento, retocando, puliendo, suavizando.

Casi un siglo lleva el joven transitando el dolor. Enterró a su maestro. Enterró a su artista.

Aún puedo sentir la delicadeza de su creador al tocar los dedos de mármol. Como yo, muchos antes lo han hecho. Los dedos están un poco gastados, han perdido la blancura al contacto con muchas manos como las mías a lo largo de la historia.
De alguna manera, el joven no está solo.