relatos

La petite danseuse de quatorze ans

Hoy soy una bailarina

(y quiero estar en París)

(dormir 10 horas)

(despertarme con las marcas de las sábanas en la piel)

(desayunar cruasans de mantequilla)

(ir en bici por Champs-Elysées)

(comer en mesas diminutas a pie de calle)

(subir a la Torre Eiffel)

(tomar café au lait al atardecer)

(pasear a orillas del Sena)

(“hacer el amor en nuestro nido”)

(y ser feliz a la francesa)

Rosas marchitas

La foto no es exactamente “bonita”… pero son de estas imágenes que no puedo evitar pararme y dedicar un minuto a hacerle la foto, por la curiosidad y por la historia que imagino… ¿No os pasa? Algunas veces puedo ver la historia detrás de la imagen… y para mí esa es parte de la magia de la fotografía…

“Anoche discutieron, Alicia y Jorge. Alicia salió llorando del coche aparcado a la puerta de su casa. Jorge estaba tan enfadado que la dejó ir, no corrió detrás -como ella necesitaba-. Él piensa que si ella se va es porque no quiere estar con él. Alicia se aleja porque le duele estar ahí, pero le duele tanto o más la distancia entre ellos. No sabe con certeza qué desencadenó la discusión. Lo que es seguro es que fueron enganchando unos temas con otros e hicieron un hiriente repaso de todas las cosas en las que no ven la vida igual, magnificándolas hasta el infinito (en realidad la mayoría son simples ideas, posibilidades que quizá nunca se hagan reales). Desde fuera cualquiera vería lo absurdo de discutir por cosas que no les tocan, que no les afectan, que quizá jamás sucedan. Desde dentro cada uno ve su realidad, ofuscados por la frustración y el enfado, y no son capaces de parar. Al principio de la noche él le regaló unas flores porque Alicia aprobó en septiembre su asignatura más difícil de la carrera. Ella iba feliz con rosas en una mano y su novio en la otra, libre por fin de estudiar y robar tiempo a los planes juntos. Y terminar así… el mejor día de todos… Alicia salió del coche dolida, sólo podía alejarse y a la vez desear que él fuera por ella. No subió a casa. Se quedó sentada en el portal esperando sin esperar… ni siquiera sabía qué quería. Jorge -atónito- se fue, dolido por su rechazo. Arrancó el coche y pasó un rato vagando por las calles sin saber qué hacer hasta que al final se fue a su casa. Alicia no se dio cuenta al salir corriendo del coche de que sus preciadas rosas quedaron tiradas en el bordillo, donde yo las encuentro ahora…” .

(Para románticos y optimistas como yo: no os preocupéis, por la mañana se mandaron wasaps y al rato Jorge estaba de nuevo en la puerta de su casa para calmarla con un abrazo …)

Velo tus sueños

Duermes.
Puedo ver los sueños colgarse de tus pestañas. Juegan columpiándose en ellas. Saltan, las usan de escala para bajar a tus mejillas. Tus sueños se pasean por la suave piel de tu rostro, se tiran por el tobogán de tu nariz, te cosquillean los labios. Se ponen frente a tu boca y se dejan despeinar por tu aliento. Brillan entre tus pestañas como gotitas perladas de rocío.
Yo te observo. Velo tu sueños y los animo a dejarte volar.
Hijo mío: duerme, sueña, vuela, vive y juega cuanto quieras. Mamá te vela.

Recuerdos del pueblo

Cada año vuelve. Ese pueblo y sus calles le llenan de recuerdos. Su abuela siempre le mandaba por naranjas. De niño le daba vergüenza entrar, y casi desde la puerta, hablando más bien para su cuello, pedía 4 naranjas, las del día (manías de vieja, pensaba, por qué no comprará un montón y así no me manda a diario). El tendero se las ponía en un papel y le daba las vueltas. Su abuela siempre le dejaba que se las quedase.
De chaval le gustaba la hija del tendero. Ella le miraba con tanta vergüenza como él desde debajo de unas espesas pestañas negras. Semanas más tarde la besaría apoyados en esa puerta, cuando la acompañó a casa a las 11 de la noche, la primera vez que quedaron con los amigos comunes. Su padre les pilló y no puso buena cara… pero prefirió que el nieto de la Antonia la trajera a casa a que volviera sola. Así todas las vacaciones. Montones de besos y caricias en la puerta verde, algunos interrumpidos por la voz del tendero que desde la planta de arriba llamaba a su hija.
Cuando comenzó el curso volvió a la ciudad y se escribieron un tiempo. Poco a poco las cartas fueron espaciándose hasta que dejaron de escribirse. Las siguientes vacaciones se trataron como amigos, como si nada hubiera pasado. Ella tenía un noviete. Él salió con otras chicas.
Muchos años después se encuentran en verano por el pueblo y se saludan, se presentan a sus parejas y los niños, incluso una vez los críos corrieron juntos por la plaza mientras él le contaba cómo estaba la abuela, ya muy mayor, viviendo con sus padres en Madrid.
La vida pasa, pero cada vez que ve esa puerta, se acuerda de las naranjas, las vueltas que le daba la abuela, los besos al amparo de la oscuridad y esas pestañas negras y espesas.

La obra

Imagino las incontables horas del artista inclinado sobre esas manos, tallando, retocando, mimando, puliendo y volviendo a retocar. El pliegue del nudillo. El borde de una uña. El recoveco entre los dedos.
Imagino al artista triste… muy triste. Para crear su obra se pone en la piel del joven inclinado sobre la tumba de su maestro, y siente su dolor. La desolación, el abandono, el vacío que queda. El artista se recuesta lánguido y la ola de dolor le deja agotado, abatido. Ya no quedan lágrimas. Cierra los ojos y dormita, en un lugar entre el sueño y la vigilia. El joven vela al maestro. El artista vela el dolor del joven.
Una y otra vez se inclina sobre el mármol para dotarlo de todo el sentimiento, retocando, puliendo, suavizando.

Casi un siglo lleva el joven transitando el dolor. Enterró a su maestro. Enterró a su artista.

Aún puedo sentir la delicadeza de su creador al tocar los dedos de mármol. Como yo, muchos antes lo han hecho. Los dedos están un poco gastados, han perdido la blancura al contacto con muchas manos como las mías a lo largo de la historia.
De alguna manera, el joven no está solo.